Rafael Martín, será un tasador de joyas en “El internado”

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QUEDAN pocos minutos para que vengan a recogerle. Para que salga a escena. A plató. Es un día importante para Rafael Martín, su debut en una de las series de más éxito de la pequeña pantalla. En El Internado tiene sólo un pequeño papel, unas pocas frases. Interpreta a un tasador de joyas. No está nervioso. Nos atiende por teléfono, desde la capital de la televisión. Desde la incombustible Madrid.

Los estudios y los focos no son un medio desconocido para Rafael. El intérprete -qué ironía- madrileño es desde hace muchos años vitoriano de adopción, con el teatro como medio natural. Pero también cine y televisión -veinte producciones por cabeza- se han cruzado con su buen hacer interpretativo.

Terranova , Maité , El comisario , Manos a la obraPolicías , Javier ya no vive solo , Cuéntame cómo pasó , Mi querido Klikowsky , Hospital Central … El rostro de Rafael Martín ha cruzado miles de zapeos, y ahora ha vuelto a hacerlo en una de las series más comentadas de la última temporada, Yo soy Bea , en la que hace de padre taxista del protagonista masculino, Roberto.

Lo que comenzaron siendo unas colaboraciones se ha ido tornando continuidad. “La trama gira en torno al personaje de Alex (Adrover) y al ser yo su padre se han ido acumulando interpretaciones, unas catorce. La televisión es un medio muy pesado, muy lento. Estás muchas horas para rodar dos minutos, pero en esta serie todo el equipo, el artístico, el técnico, desde el iluminador hasta la gente de vestuario, todo el equipo es muy agradable”.

Si hay que definir a Rafael en un ramo de la interpretación, sin duda debemos hacerlo como hombre de teatro. La vitoriana Traspasos es en los últimos tiempos su hogar escénico, con piezas como Mario, por alusión , El uno y el otro , El tiempo herido o Demasiado humano . También Tanttaka (La mano del emigrante , El florido pensil ) o Porpol (Esperando a Godot ) han encauzado la carrera de un actor que ha vivido otras grandes obras en su tránsito por las tablas, desde Muerte accidental de un anarquista , de Jesús Sastre, hasta una de las cumbres teatrales de Strindberg, La señorita Julia , bajo la dirección del mítico Adolfo Marsillach.

A lo largo de sus años de profesión ha vivido vacas más o menos flacas, pero la época actual no es de las más boyantes en el medio interpretativo, por eso “está muy bien que de golpe y porrazo me hayan llamado para todas estas cosas, porque el tema no está como para echar las campanas al vuelo”. Además de Yo soy Bea y El Internado , una TV movie y una miniserie se perfilan en su futuro inmediato, con los papeles de un abogado y de un especialista en rifles de precisión. “Este trabajo es así, o te pasas tres meses en el paro o te surgen un montón de cosas. Y en verano suelen surgir”.

En el mes de julio no tenía nada entre manos. Y entonces sonó el teléfono. Ahora no hace sino encadenar viajes. “Como prácticamente todo se cuece en Madrid estoy con el coche todo el día de arriba para abajo”. Y con cada viaje, con cada toma, con cada capítulo, su imagen se cuela un poco más en el imaginario colectivo. “Haces una obra de teatro un montón de tiempo y apenas te conocen, apareces cinco minutos en la tele y parece que has llegado a la cumbre”. Desde los más pequeños hasta los adultos le conocen últimamente en la calle, en los bares, como ‘el taxista’ o como ‘el padre de Roberto’.

La televisión impone su ley en los hogares. Salvo en el suyo. Apenas ve algo más que los informativos. Tampoco ha llegado a congeniar del todo con las bambalinas de las 625 líneas. “El mundo de la imagen sigue siendo desconcertante para mí. El objetivo, los planos, las marcas… en cuanto te mueves veinte centímetros ya estás desenfocado. El teatro tiene una tensión, pero el cine y la televisión son tensiones muy distintas”, confiesa. “¿Pero no vas al monitor a verte?, le preguntan sus compañeros. Pero él prefiere la confirmación del realizador. “Siempre me veo raro, o con gestos muy exagerados”.

Sin embargo, va a ser uno de los rostros habituales de la televisión en los próximos meses. Y, en cine, se encuentra a la espera del estreno de una de las películas que marcarán la temporada más inminente en la gran pantalla, La casa de mi padre , en la que comparte planos con Emma Suárez, Carmelo Gómez, Verónica Echegui, Juanjo Ballesta y Álex Angulo bajo la dirección de Gorka Merchán-Moreno. El largometraje, donde se pondrá en la piel del dueño del bar de un frontón en que entrenan los protagonistas, se estrenará en la jornada dedicada al cine vasco en el Zinemaldia donostiarra.

No hay teatro en el horizonte de Rafael Martín. Los planes de acercar el ocaso de Nietszche (Demasiado humano ) hasta Madrid no han cuajado hasta la fecha, así que está centrado en este encadenado de proyectos televisivos en los que puede seguir demostrando su talento interpretativo, aunque sea a través de pequeñas píldoras.

Han pasado cuarenta años desde que entrara en la Escuela de Teatro de Madrid, en 1968. ¿Toca celebrar? “Pues no había previsto nada, pero no me hacen falta muchas excusas para tomarme un vino con los amigos”. Precisamente hace dos años sus colegas de profesión le concedieron el premio Abrazo. “Fue algo muy agradable, con los compañeros de Vitoria, muy de coleguitas, como si hubiera quedado a cenar en la Cuchi”. Taxista, tasador, abogado, experto en rifles, tabernero. Desde hace cuatro décadas, Rafael se convierte en quien quiere. Y nos convence de ello. La tele es su refugio más inmediato. Hasta que el teatro vuelva a llamar.

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